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Cuba mocha en Saltillo
10 minutos - 18 de septiembre de 2012

Ana Cairo y Antonio Baujín
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Igualitico a mí (podría decir) que llegué a esta ciudad para presentar un libro de cuentos y de la cual, años después, ya no volví a salir. Más o menos así tengo esta vez la suerte de reencontrarme con otros cubanos que se hallan de visita (al menos mientras escribo estas líneas y se mantenga la feria, después, ¿quién sabe?) en México porque fueron seleccionados para asistir a la decimoquinta Feria Internacional del Libro de Saltillo.

Muy pocos mexicanos lograrán entender a cabalidad qué significa para alguien nacido y criado en la mayor de las Antillas pisar tierra foránea. En este caso no se restringe únicamente a la posibilidad de propagar su obra o parte del acervo literario nacional (nosotros, aquí, sabemos de sobra que el saltillense promedio a duras penas logra leer un libro al año) ni tampoco a conocer otros escritores, imposibles de toparse en el archipiélago natal por las más disímiles causas y que siempre resulta necesario.

La vorágine de sentimientos sobrepasa tales accidentes formativos. Para un cubano, visitar el extranjero es, ante todo, sinónimo de libertad. Con fecha de caducidad, sí; efímera, por tanto; y, muchas veces condicionadas a no hablar de esto o aquello (donde esto y aquello se puede traducir en críticas al sistema político), pero aun así, no deja de parecerse este aroma al que, suponemos desde nuestro archipiélago, inhalan los cubanos “de afuera.

En tal sentido, no puedo dejar de notar un detalle. La feria está dedicada a Cuba, pero sólo asistirán cubanos residentes allá, como si nadie supiera que buena parte de nuestra literatura se enriquece desde el exilio. Resulta una verdadera lástima no poder confrontar textos y opiniones con intelectuales cubanos que habitan dentro y fuera del país, algo que, sin duda, representa una opción mucho más enriquecedora culturalmente.

Quizás la causa se deba a la lista de invitados donde, desafortunadamente, brillan por su lamentable ausencia, escritores menos contaminados por instituciones oficiales. Por ejemplo, los nombres de Edel Morales y Antonio Baujín (quien, de tantas veces estar por acá, ya conoce las calles de Saltillo mejor que yo) referencian de manera directa a la estatización de la cultura, entiéndase en el orden que los cito, al Centro Cultural Dulce María Loynaz y la revista “La letra del escriba” (no olvidemos que en Cuba no existen revistas independientes de manera libre), y a la Universidad de La Habana, específicamente la Facultad de Filología. ¿Es malo que vengan estos señores? ¡Por supuesto que no! Tampoco tiene nada de malo que asistan Ana Cairo (otro rostro habitual por estas latitudes) o Waldo Leyva, personalidades reconocidas ampliamente por su extensa trayectoria artística. El problema no es que vengan, sino que sean los únicos que vengan o, para decirlo de manera correcta, que de manera perenne ellos conformen la mayoría cuando no la totalidad de los invitados.

Sin embargo, no puedo criticarles que siempre busquen salir del país aunque con ello decapiten la saludable alternancia de oportunidades y reflejen una representación cubana trunca, sinceramente mocha. Insisto, para un escritor cubano que está de paso por el extranjero, a veces lo menos importante es la literatura. Porque antes de ser escritor, se es cubano, y entonces no acuden a la mente el nombre de los autores criollos y sus magnánimas novelas. Primero se memorizan los nombres de los productos que escasean en La Habana y se impone la necesidad de encontrar homólogos más baratos. Además, nunca se pierde la esperanza de que alguna institución saltillense extienda una invitación a cierto restaurante para comer un buen bistec de res sin necesidad de pagarlo.

Así de fácil. Y eso se logra, de Cuba a México, con un simple saltillo... un brinquito, ¡vamos!, que de las letras ya hablaremos después.


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