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La política en azul
Otrolunes.com - 10 de septiembre de 2012

Cuba
Exterminio de ideas
Otro obstáculo hacia la democracia

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Industriales perdió el campeonato. Y aunque llegó a la final, parece que la inspiración de Leonardo Padura no resultó suficiente. Es una carestía que suele emerger con harta frecuencia entre los intelectuales. No sé si llamarlo falta de inercia. Generalmente, damos por concluido un trabajo justo en el punto donde apenas inicia. Así, también, sucede con algunas amistades que ni siquiera germinan a pesar de que el espacio, las circunstancias y, sobre todo, los deseos, sugirieron lo contrario en algún momento.

Hoy, Internet representa el mejor escenario de demostraciones en este sentido. Y lo digo, a la par, con regocijo y melancolía pues durante esta última serie de campeonato, mientras Ciego de Ávila lidiaba con los azules de la capital, muchos nos dimos espontánea cita en una de las pocas páginas web que transmitía el partido. Claro que no se trataba de un programa elaborado para las Grandes Ligas, así que las deficiencias, demoras y errores pululaban. No obstante, la falta de profesionalismo de los creadores del sitio se equilibraba con nuestro entusiasmo. En ese momento, todos éramos amigos. Después del último out, si te he visto, ni me acuerdo.

Lo efímero de aquella serie de encuentros no debe confundirse con desapego. Del mismo modo en que defiendo la sinceridad de un sentimiento cuando se cultiva cara a cara, lo resguardo si la red de redes representa la única plataforma disponible para fomentarlo. A fin de cuentas, el medio es virtual, pero las emociones son reales.

La sutileza de un blog, por ejemplo, puede mover conciencias más o conciencias menos, ¿qué importa el número de copartícipes? Lo importante no es cuánto influya en la ideología de las personas y su posterior toma de decisiones sociopolíticas, sino que conforma una suerte de ágora digital donde las personas son capaces de expresar sus inquietudes de manera libre y voluntaria ―no como esos trabajos obliguntarios a los que debía(mos) asistir en Cuba, sino como individuos dueños de sus propias convicciones―. Algo impensable en un entorno donde la práctica de una charla conformada por más de diez personas que se dedican a cuestionar una forma de gobierno es tildada de mercenaria y castigada con el hostigamiento o la cárcel.

Curioso que en Latinoamérica, a inicios del siglo XXI, la democracia se haya instalado en la mayoría de las naciones que la conforman ―con sus pocas virtudes y miles de defectos, pero democracia al fin― y en Cuba, nación-esperanza a mediados de la pasada centuria y vanguardia del proceso antiimperialista al sur del Río Bravo, el propio concepto ni siquiera encuentra asilo en la sapiencia de la gente. Curioso, insisto, y contradictorio porque mi generación, al igual que las generaciones siguientes, recibimos amplias lecciones de corte histórico-filosófico y hasta militares, algo que puedo demostrar con exactitud pues ahora mismo tengo en mis manos, por razones burocráticas que no vienen al caso, mas bastante ayudan para complementar este escuálido texto, mis certificaciones originales de estudios terminados de los tres últimos niveles académicos. Así, soy capaz de referir que, asignatura más o asignatura menos, un universitario cubano al concluir su etapa estudiantil aprendió:

En secundaria:

Historia

Fundamentos de los Conocimientos Políticos

En preuniversitario (en mi caso, además, se trató del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas “Vladimir Ilich Lenin”, que ya el puro nombre pesa ideológicamente):

Historia (esta vez con pretendido carácter universal)

Fundamentos de Marxismo-Leninismo

Preparación Militar Inicial

En universidad:

Filosofía I y II

Economía Política

Socialismo Científico

Preparación para la Defensa

Si usted, desocupado lector, es cubano graduado universitario y rebota entre los treinta y cuarenta años de edad, estoy seguro que debe conocer algo de esto y comparte conmigo buena parte de tales materias. Pregunto, entonces, ¿recuerda también qué le explicaron sobre democracia? En aquellos activos amaneceres, para la mayoría de nosotros, el término no dejaba de ser un concepto extraño que emergía a ratos en alguna película extranjera y se volvía a hundir inmediatamente después. Otros vocablos llenaron nuestras cabezas. Comunismo, sin duda, y Revolución (con mayúscula siempre, aunque la palabra no estuviese escrita) bastante más... pero, ¿democracia?

Por eso muchos, de la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio, se espantan cuando leen en Internet las opiniones de otros cubanos sobre el régimen y las ventanas de los navegadores se mantienen pequeñitas, en una esquina de la pantalla, mientras clandestinamente se infiltran en la red de redes durante la jornada laboral. Digo... los pocos que, en su trabajo, tienen acceso a una conexión. En casa, ni pensarlo.

Otra vez Internet simboliza una tabla salvadora y Windows nunca fue mejor ventana que en la mayor de las Antillas ―con el perdón de Linus Torvalds y Steve Jobs (desde el más allá)―. En Cuba la tecnología sirve para atisbar la mecánica del mundo al otro lado del charco, adivinar las dimensiones verdaderas de los monstruos que nos pintaron y descubrir las oportunidades que se mantuvieron ocultas. La tecnología es el arma del siglo XXI. Más poderosa que los libros y los manifiestos, acaso porque los recoge, compila y pone a nuestra disposición.

Desafortunadamente, la inmensa mayoría de los cubanos que se encuentran en la red, está conformada por emigrantes. Primero, a causa de una elemental circunstancia de infraestructura técnica; segundo, porque sólo ellos tienen la posibilidad de escribir cualquier comentario en un blog y volver, al día siguiente, tranquilos y campantes a su trabajo.

¿Resultado? Parecen perros que ladran tras las rejas. No importa cuántos giros den sobre sus cuartos traseros o cuán afilados estén sus colmillos. Nunca podrán morder la mano que fustiga. Por si no bastara tamaña barrera, sus compatriotas, los hombres y mujeres que habitan en el archipiélago, criticarán su condición de foráneos, a veces obligados, las menos, voluntarios. Y tienen razón. Si bien no pueden morder, evitan ser apaleados. Citando a Elpidio Valdés, “la candela es aquí”. Y “aquí” es el interior de las fronteras cubanas, no la cómoda habitación de una casa en Miami, Pamplona o Saltillo. Claro que, de cualquier manera, establecen diferencia. No se quede usted con la imagen demeritada del can que esconde la cola entre las patas. Antes advierta que ladran.

La necesidad de impulsar cambios no es una intención (contra)revolucionaria. Se trata, en mejor medida, de una condición natural. La historia demuestra a diario su dinamismo en las páginas de la vida, por más que en Cuba quieran detenerla en las páginas de los libros. El año 1959 está demasiado lejos. Pertenece a otro siglo, a otras urgencias, a otro contexto y ya cumplió su cometido. Es ahí donde los intelectuales debemos tomar partido y aportar un poco de luz. No para publicar textos en revistas que después le mostraremos a nuestros familiares más queridos sino para abrir camino a la gnosis elemental. Aquella que devele las verdades de nuestro tiempo. Que se comprenda, perfectamente, a qué nos referimos al hablar de democracia, emancipación, libertad; que prolifere la contradicción y la discrepancia como semillas del desarrollo; y que se termine de una vez la condición humillante de un país donde es mejor visto gritar “¡pinga!” que susurrar “cambio”.

Propongo un ejercicio final, apenas para desentumecer el intelecto. ¿Conoció aquellos viejos atlas escolares con mapamundi político bicolor? De tanto rojo que nos saturaron, sería bueno comenzar a pintar la política de azul. No importa si Industriales perdió los playoff de esta última serie nacional de beisbol. Con el cambio de colores ya todos los cubanos salimos ganando. Y no por estar lejos vamos a bajar la cabeza, al contrario, seguiremos atisbando el horizonte porque, como lo demostró José Martí, a menudo desde afuera las cosas se ven mejor.


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