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Virtualidad a escala de tontos
10 minutos - 4 de septiembre de 2012

Internet
Tecnología avanzada
Causa de cerebros atrasados

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El fenómeno ya ni siquiera es sutil (o demorado). Internet influye directamente en la psiquis de los internautas con una aceleración exponencial. Diferentes estudios científicos pretenden demostrar que su participación en la vida diaria de las personas trasciende la condición de simple herramienta para convertirse en un activo dentro del proceso cognitivo de los usuarios. Un activo que, a la larga, puede resultar peligroso cuando no dañino.

Los defensores de la red de redes, por su parte, aseguran que se trata de posiciones apocalípticas, las mismas que han existido desde los inicios de la humanidad siempre que la tecnología aparece en escena, incapaces de reflejar el estado de equilibrio en la sociedad del siglo XXI, donde Internet aparenta salir favorecida. Y tienen razón en la primera parte de su argumento. Basta pensar en Sócrates y su aversión por la palabra escrita. El filósofo argüía que toda escritura atentaba contra la dinámica del diálogo, ultimaba su carácter participativo y, en consecuencia, empobrecía el intelecto de sus practicantes porque (se preguntaba a la par que nos preguntaba) ¿qué sentido guarda utilizar la memoria (piedra angular del aprendizaje) si bastaba recurrir a los signos sobre el papel para encontrar lo olvidado? Ironías de la historia, Sócrates sobrevivió hasta nuestros días gracias, justamente, a la escritura pues uno de sus discípulos, Platón, recogió en pergaminos buena parte de sus discusiones y enseñanzas.

Algo similar ocurre ahora con Internet. Encontrar los datos que, antaño, nos costaba días o semanas, ahora se reduce a cuestión de segundos. La diferencia con la referencia socrática radica no en la capacidad de encontrar esos datos, sino en su posterior procesamiento para convertirlo en información y, lo que resulta más importante, en conocimiento factible capaz de incidir de manera positiva en nuestra existencia.

Es ahí donde se resquebraja la segunda parte del argumento que esgrimen los acólitos de Internet. Y es que olvidan en qué lado de la red se encuentran. Víctimas de la máxima filosófica “el ser social determina la conciencia social” yerran al pensar que todos utilizan la tecnología con fines productivos. Al contrario, la inmensa mayoría de los internautas invierten su tiempo (el verbo, por supuesto, es benévolo y piadoso) en tonterías pusilánimes que van desde el espionaje de un vecino hasta la repetición viciosa, cada noche, de los chismes que se contaron dos amigas por la mañana.

¿Es esa la única información que nos ofrece Internet? Claro que no, aunque sí representa la más abundante. De cualquier manera, lo descubro a diario con mis estudiantes, cuando se trata de redactar un ensayo literario o realizar un análisis estadístico (por citar un par de ejemplos que intentan escapar de lo corriente y profano), los fanáticos de Internet harán cuanto esté al alcance de su mouse por hallar la respuesta ya elaborada... y posiblemente la encuentren.

Otra vez, eluden la tarea intelectual. El problema es que muchos ni siquiera buscan engañar al profesor. Realmente conciben Internet como un espacio creado para aportar soluciones a uno y cada uno de los problemas que se presentan en el mundo. En palabras más sencilla, es parte de su orden natural. No hay artimaña porque ni siquiera se echa mano de la astucia necesaria para elaborarla. Se trata de un comportamiento, hasta cierto punto, infantil, similar al niño que destripa al lagarto por curiosidad, jamás por malicia.

Sólo que los niños, antes, tenían remedio. Canjeaban imaginación por conocimiento (aun cuando sospecho que, a la postre, el intercambio nunca nos sonrió). Hoy, empiezo a dudar que este trueque siquiera siga en pie. Noto, en mis salones de clase, poca imaginación y aún menos conocimientos. Eso sí, todos tienen Internet.


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