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Las distracciones del escritor
10 minutos - 7 de agosto de 2012

Tentaciones
Las tentaciones del escritor
Son peores que cualquier quebranto

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Las musas son peligrosas para el escritor, sobre todo las seductoras. Es una realidad que, tarde o temprano, cada creador ha de enfrentar. Por supuesto, el lector, más pícaro que manso, rápidamente establecerá una analogía con cierta mujer hermosa, provocativa, audaz, la clásica femme fatale que atrae a los hombres a pecados, generalmente placenteros, a costa de un sacrificio irrevocable y desdichado. Pues, ¿por qué no?, ellas también caben en este asunto, pero cuando menciono a las musas me remito a ellas como fuentes de inspiración y, ya es harto sabido, para un escritor casi cualquier cosa puede catapultar una idea desde su cabeza hacia las páginas de su próximo libro.

Por tanto, musa postconceptual trasciende ampliamente la imagen de una mujer (lira incluida) para metamorfosearse en anatomías menos tangibles. La política, por ejemplo, suele considerarse un excelente caldo de cultivo donde dictadores, explotación y pobreza han impulsado a más de un escritor a publicar su no menos excelente obra. Los miedos al desempleo, a las hambrunas, al abuso de poder y otro sinfín de quebrantos que mellan la condición de un sistema capitalista han sido, son y seguirán siendo semillero para cuentos y novelas.

De esos temores me llenaron el espíritu antes de poner un pie en México y para prevenirme de los peligros anunciados convertí la ansiedad en hambre de triunfo. Pronto se vieron los primeros logros. Aprendí que, no importa la geografía, quien labra, cosecha. A veces más, casi siempre menos, pero ni las manos ni el estómago permanecen constantemente vacíos cuando el tesón deja de ser palabra manida y se transmuta en hechos.

Lamento, sin embargo, que nadie me advirtiera sobre los placeres. Esas múltiples musas seductoras que te apartan de la hoja en blanco para dejarte en blanco los bolsillos. Puede empezar por un viaje, la compra de un auto, o sencillamente, la factibilidad de no hacer nada, echado en la cama, lejos de un escritorio que poco a poco se convierte en canasta para ropa sucia o campo de batalla donde perecen y se envalentonan los juguetes de nuestros hijos, al final, si acaso sobrevive el regodeo de listar los textos que antaño escribimos.

Es entonces que un escritor puede considerarse tal cual. No al publicar un libro, sino en su perenne elaboración, a pesar de las catástrofes personales y pasando por encima de sus propios triunfos y placeres. Por eso hoy he reacomodado mi escritorio. Tengo una pared a menos de medio metro de mi rostro. He cerrado la ventana y también he echado las cortinas. No quiero que la musa, cuando baje, me vea trabajando. Pretendo, muy en serio, que jamás me sorprenda.


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