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Arte digital en pañales
10 minutos - 31 de julio de 2012

Arte digital
Dibujo artístico digital
Una manifestación virtual más

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En otras ocasiones hemos comentado sobre los espejismos que crea el concepto de la Sociedad de la información de mano con la falacia, a veces implícita, a veces explícita, de la apertura para expresarnos libremente. Una y otra engañifa sustentada por los nuevos medios de comunicación, donde, en teoría, podemos hacer públicos nuestros ángeles y demonios sin grandes inversiones económicas y a salvo de los filtros que imponen los medios de comunicación tradicionales, esos monstruos ancestrales que son prensa, radio y televisión.

Por lo general, abordamos tales quimeras desde una perspectiva fundamentalmente política, y las denostamos a partir de algunas realidades básicas. La primera de ellas, es que no todos tienen acceso a esa autopista de la información llamada Internet (en realidad se trata de una carretera, asfaltada por tramos, llena de baches y señalizaciones de “NO PASE”). Segunda, que del mismo modo en que se abren puertas digitales para nuestros textos o videos, se crean candados virtuales capaces de impedir que algunos internautas accedan a las publicaciones. Así, la lista de contrariedades amenaza con extenderse peligrosamente, pero hoy me moveré del espacio político al cultural.

Y es que en esta nueva dimensión ha de sumarse otra limitante que, quizás, no se inscriba en el ámbito político, en tanto este suele comportarse de manera mucho más objetiva y, al ser blanco de atención de las masas, los índices de interpretación para críticas a los gobiernos, sistemas e ideologías suele ser bastante más abarcador si se le compara con el diapasón que establece, por ejemplo, una propuesta artística.

Es el arte digital, posiblemente, el más afectado. La tecnología, como los presidentes, cambian de un día para otro, pero no sucede lo mismo con la capacidad de las personas para asimilarlos. ¿Cuánto no batallaron los ex soviéticos para llamarse otra vez rusos (por citar una de las hoy repúblicas independientes)?

Asimismo ocurre en estos momentos con las iniciativas que abordan un horizonte virtual. Al margen de que no se define un estilo, lo cual hasta cierto punto pudiera incluso considerarse beneficioso, el mayor problema para la eclosión del llamado arte digital es la pobre percepción del público, normalmente acostumbrado a obras de formato tradicional.

Un dibujo expuesto en Internet parece sentenciado de antemano a ser tratado cual subgénero de la pintura (“porque no hay tinta que secar”, diría un amigo). De manera similar sucede con la música “hecha por computadoras” o la literatura digital, aunque, justo es decirlo, esta última ha corrido mejor suerte que las otras manifestaciones artísticas, en buena medida porque se han creado continuamente herramientas que viabilizan y flexibilizan el ejercicio de la lectura.

La realidad es que el arte digital sigue en pañales y si bien es cierto que algunos defenderán con nombre, apellidos, exposiciones y hasta recaudos financieros varios ejemplos exitosos de artistas y propuestas que explotan favorablemente Internet, falta mucho, ¡muchísimo!, para que la sociedad acepte esta tendencia y aprecie la nueva estética que los más jóvenes ponen hoy a consideración del resto de las generaciones. De cualquier manera, confío, deseo y sospecho que es cuestión de tiempo para que las academias, los museos y los críticos del mundo entero comiencen a tomar en serio esta tendencia que ya ni siquiera se le puede calificar de “nueva”. Tiempo al tiempo.


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