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Las lenguas de Esopo y los enredos de estopa
Otrolunes.com - 5 de marzo de 2012

La porfía en la UNEAC
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La fábula

En cierta ocasión su amo le pidió a Esopo que le cocinara para la cena el mejor plato del mundo. Ni corto ni perezoso, el ingenioso esclavo se dispuso a cumplir la orden y antes de que la noche se cerrara por completo ya tenía listo el menú. Se trataba de un plato repleto de lenguas. El amo le preguntó por qué consideraba aquel el mejor plato del mundo y Esopo se extendió en argumentos sobre las maravillas de la lengua. De ella emanaban las descripciones del mundo, la poesía más pura, las alabanzas de los héroes, la diplomacia para enmendar entuertos, la dulzura del amor y otro sinfín de cualidades que terminaron por convencer a su amo. Este, sin embargo, con deseos de retarlo, le pidió que preparara para su próximo desayuno el peor plato del mundo. Esopo no se inmutó y accedió a obedecerlo. La mañana siguiente, apenas había salido el sol, su amo ya estaba sentado a la mesa con la curiosidad plantada en el rostro. Esopo se acercó y, sin mayores dilaciones, dispuso frente a sus ojos otro plato rebosante de lenguas.

Los enredos

Imagino que el tema, más que necesario, resultaba oportuno. Con la Feria Internacional del Libro haciendo eco de un modo u otro en el sentir de la intelectualidad cubana y los publicitados (en tanto que peor logrados) cambios socioeconómicos dentro del territorio nacional resonando en el alma de los cubanos (ahora sí, en general, nada de intelectualidades), ¿por qué no establecer un debate sobre la literatura de “adentro” y de “afuera”, aventurando, con ello, la ineludible porfía de siempre? Y digo de siempre porque, justo es precisarlo, el asunto de las dos orillas se ha tocado, discutido y manipulado hasta el bostezo. La mayoría de las veces en escenarios menos distintivos que el proporcionado por la UNEAC, pero iguales de efectivo.

De dónde vino la idea, ¿quién sabe? Presumiblemente de “arriba” porque, es harto sabido, a funcionarios con rango raso no se les permite encarar nada que huela a exilio. Además, los panelistas, por llamarlos de alguna forma, son de alto prestigio literario e inextricable crédito político-ideológico. Leonardo Padura, Reynaldo González y Senel Paz (el orden, sigamos con las sensibles aclaraciones, se atiene exclusivamente a su ubicación tras la mesa) no accederían a cualquier invitación. O sea que, en términos prácticos, para decir “sí, me apunto” en esta empresa deben haberse sentido ampliamente comprometidos. Ahora, más de un lector dudará que dicho comprometimiento sea meramente patriótico o cultural.

De cualquier manera, se trata de simples elucubraciones. Lo cierto es que la presentación ya estalló y las reacciones no se hicieron esperar. Especialmente en la diáspora que, por lo visto, siente ultrajada su perenne condición de víctima ante un amago de flexibilidad culturalmente pseudodemocrática (y oficial, cuando no espontánea) que, para colmo, no es impulsada por quienes residimos fuera del archipiélago. Si el estratega responsable de esta idea pretendía joder al prójimo de “afuera”, lo logró. Las ronchas están al rojo vivo y basta echar un vistazo a Internet para enumerar diatribas por doquier. En ese sentido, el plan anduvo correctamente. La imagen que se proyecta desde uno de los centros más representativos de la política cultural del país es de apertura y ya sabemos lo importante que resulta para Cuba mantener incólume su imagen, por absurdo que a estas alturas tal afán parezca. En cambio, la comunidad intelectual en el exilio se encoleriza y, de camino, regala su peor semblante, el de la intransigencia, mismo que, usualmente, se les atañe con sobrada razón a las autoridades de “adentro”.

Alguna vez Martí señaló que un país no se dirige como se dirige a un ejército. Parafraseando al pequeño gran hombre, un altercado político no se plantea como una querella cultural, porque es entonces que surgen los enredos.

La estopa

Lo paradójico, lo absurdo, lo ridículo, es pretender disfrazar desde el universo cultural un debate eminentemente político, en especial cuando las partes que intervienen han sido (hemos sido) entrenados para leer entrelíneas y descubrir allí, donde nadie más podría, el engaño, la manipulación, a veces, incluso, hasta nuestras propias quimeras. Y no me refiero a ningún grupo élite de agentes que sirven a cierto servicio secreto, sino a cualquier cubano nacido y criado en la Cuba revolucionaria.

¿Qué importa el escenario? Sirve la UNEAC, la Tribuna Antiimperialista o Radio Martí. Tarde o temprano la posición de “vamos bien” que con eufemismos mejor o peor disimulados se maneja en Cuba, chocará frontalmente con el “van mal” que abierta y rabiosamente se grita desde el exterior. Háblese de arte, sociedad, familia... mientras no se acepte la permeabilidad política en cada partícula nacional, las palabras sólo producirán disputas fallidas. Sería igual a intentar desenmarañar el entuerto connotativo de bloqueo vs embargo desde una perspectiva meramente económica. Esfuerzo majadero que, por simple, siempre termina estrellándose en un sinfín de opiniones encontradas e irresolubles. Las mismas que, ahora, desde una perspectiva (dicen cultural) se afanan por dar respuesta a interrogantes que sólo tienen razón de ser dentro de un contexto político. Por ejemplo, se plantea (aunque de manera retórica) si se debe invitar o no a los de “afuera”. Pregunto entonces, ¿algún funcionario invitaría a la Feria Internacional del Libro de La Habana a un autor con méritos sobrados (y probados y avalados por instituciones cubanas) como Ángel Santiesteban, quien reside “adentro”?

Ciertamente hay cubanos que escriben y publican en el extranjero. También hay en esa tríada de panelistas quien escribe en territorio nacional y publica en el extranjero. Lo más difícil es lograr la misma dinámica en sentido contrario. Lo cual engarza otro de los puntos señalados y, posteriormente, difuminado dentro de la reyerta que nos atañe. Desgraciadamente, como suele suceder en el interior del archipiélago criollo, muchos dejan caer problemas sobre el tapete, algunos pocos los señalan y nadie los arregla.

Si estúpido pudiera parecer que los intelectuales cubanos que residimos en el extranjero debamos esperar por una invitación oficial para participar en la Feria Internacional del Libro de La Habana (y me concentro en aquellos que contamos con la posibilidad de entrar al país esporádicamente; el resto, quiero pensar, pone en las antípodas a la feria y sus abalorios cuando pesa muchísimo más el distanciamiento familiar, por sólo citar un ejemplo), tanto peor sería justificar con trances burocráticos la exigua gestión de solicitarle oficialmente a un escritor que asista al evento literario más popular de Cuba.

Curiosamente, y sin imaginar siquiera que este embrollo se armaría días después, en una entrevista que Yoss tuvo la amabilidad de concederme durante mi más reciente visita a Cuba, le cuestionaba yo por los avatares de esas dos supuestas literaturas (la que se gestaba y paría en el interior de nuestro país y la que se preñó alguna vez allí, pero por las más disímiles razones veía la luz en el exilio). Yoss, categórico, asegura no creer en la existencia de dos literaturas (¡menos de una!) sino de miles de literaturas. Argumento que vi reforzado por Pedro Juan Gutiérrez, en otra entrevista conferida a Rafael Grillo, donde aquel contrapone la actitud de Lezama Lima y la suya al momento de seleccionar sus temas literarios, a pesar de que ambos compartieron un “barrio de putas”.

El problema no radica en qué zona geográfica acomoda su culo un cubano cuando se sienta a escribir, sino hacia dónde apunta sus ideas. Lo que está en jaque no es la inclusión, dentro del panorama literario nacional, de obras firmadas por autores en el exilio o si se redactan en español o en inglés, sino hasta qué punto las afiliaciones políticas que referencia Padura conforman o no un impedimento real para materializar tal inclusión. Al margen de esta circunstancia, todo debate no pasará de ser caldo de cultivo para diretes con muy pocos dimes, tanto de un bando como de otro.

Los escritores cubanos en el exilio y sus creaciones no pasan de ser uno de los tantos temas que se echan al ruedo sin dejar muy claro quién personifica al toro y quién al matador porque todos consideran amplias sus respectivas justificaciones para denostar al otro. Si no fuera, justamente, por ese carácter político implícito, mayor interés podría despertar un análisis en torno a la literatura que se hace en el campo y en las ciudades, o la escrita por hombres y mujeres, o antes y después del triunfo revolucionario, o presentada por heterosexuales y homosexuales... propuestas que podrían ser infinitas y, posiblemente, más ricas y variadas que las conjunciones impuestas por un distanciamiento geográfico.

No se debe rehuir al debate, pero tampoco es saludable crear del mismo nuestra santa sede literaria. Es urgente comprender... comprender no, convencernos, asirnos, respirar con la mayor naturalidad del mundo un axioma irreductible: Cuba (con todos sus cubanos, caminen por donde caminen) es más grande que su Revolución y su arcaica política. La relación, a veces incestuosa, que sobrevive entre los cubanos que residen en el interior y el exterior de nuestro archipiélago, no puede convertirse en sempiterna excusa para agredirnos, como estopa que se incendia y arroja a la casa del vecino pues, para empezar, en ocasiones trascendemos la distinción de vecinos y nos convertirnos en hermanos.

Me niego, pues, por su consecuencia inocua, a insultar a los panelistas debido a sus acertadas o erradas intervenciones. Además, muchos ya han asumido con denodada energía tan insulsa labor. Prefiero respetar el consejo de Borges y seguir estimándolos desde su rol de escritores. Nada más triste para la intelectualidad cubana que provocar desencuentros al estilo de Orlando Luis Pardo y Eduardo del Llano (irónicamente, en su sentido más literal, ambos pertenecen a los de “adentro”), donde la ganancia “publicitaria” no paga el descrédito personal y humano.

Y casi lamento mi desarraigo de uno u otro bando, pero la honestidad, a falta de otros éxitos, es tributo que presumo siempre que lo ofrezco. Si a describir la forma de las cosas que vendrán me invitan, acepto gustoso, con palabra y acción, que para hablar las lenguas sobran, mas para obrar, los brazos escasean. Quienes consigan poner sus lenguas en función de soluciones pragmáticas y menos literarias, que no duden en usarlas. Los que no, que se las metan allí, dónde la imaginación sobra. Empecemos por el único final permisible de este aspaventoso debate. Hablemos de democracia. De emancipaciones. Que los de “afuera” puedan asistir por propia voluntad a la Feria Internacional del Libro de La Habana y los de “adentro” acudir a su homóloga en Frankfurt o Guadalajara, pero no sólo como escritores seleccionados por instituciones del gobierno, sino como lectores libres e interesados. Con eso, cualquier invitación oficial viene sobrando, así también, textos de esta triste calaña. 


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