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Cuando la petulancia suplanta a la información
10 minutos - 19 de junio de 2012

Internet
La red de redes es un nicho de utopías
Los datos en Internet poco o nada enseñan

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Ya pasó el boom. Aceptémoslo. Si algo tenía de maravilloso el concepto de “sociedad de la información” era justamente su nombre. Nos aunaba y, de manera directa, nos concebía sabiondos o, al menos, instruidos. Hoy sólo los ilusos digieren tamaña utopía. No sólo somos igual de ignorantes que antes del desarrollo exponencial de la tecnología de las comunicaciones sino que, a partir del incremento de las fuentes de conocimiento y nuestra pobre participación colectiva en las mismas, podemos asegurar que somos más ignorantes, proporcional y (en sumatoria) cuantitativamente que nuestros semejantes hace tres cuartos de siglo atrás. En pocas palabras. Sabemos menos de cuanto había antes y menos aún si le sumamos todo lo que existe ahora.

La sociedad de la información contenía un mensaje implícito, acaso más importante que sus múltiples interpretaciones. No sólo teníamos el poder de la información sino que éramos parte de ella, la conformábamos, a partir de la multidireccionalidad con que la misma rebotaba de un lugar a otro del planeta. Nos creímos el alfa y el omega, inicio y fin de un ciclo que partía de nuestras inquietudes personales, zarandeaba la gnosis universal, y regresaba como hijo pródigo, satisfecha cuando respondida, a la parte activa del cerebro que la vio nacer.

Sólo que nuestro cerebro social hace mucho que se encuentra en coma. Embotado, paradójicamente, con las bondades de la tecnología, sus mil distracciones y las quimeras que blogs, enciclopedias y otros panoramas virtuales azuzan alrededor de nuestra resquebrajada idea de conocimiento. Es necesario repasar la acepción primigenia de sociedad y comprender que su relación con la información dista mucho de ser correcta. Ni todos aportamos de todo, ni todos tenemos acceso a todo. Incluso, en términos sociales, cada vez menos podemos mencionar que somos un todo.

Saber que con un movimiento del dedo puedo contactar al prójimo me hace sentir más seguro en la cueva que hoy se ha convertido mi habitación. A veces ni habitación necesitamos. El hogar es reemplazado por una pantalla que cabe en nuestras manos. Extraña relación. Sentimos que nos cobija mientras la cobijamos. Igual juzgamos que somos muchos porque muchos son los nombres que aparecen en nuestra lista de contactos.

Alguien considera que la proliferación de datos, textos y estadísticas en la red garantiza el desarrollo informativo. Olvida aquel que sin el procesamiento de esos datos no se genera conocimiento y, en línea directa, sin conocimiento no podemos hablar de información. Más semillas en el saco no significa más árboles en el campo. Menos si las semillas no son de calidad. La ausencia de un patrón que garantice la probidad y fidelidad de cuanto se publica en Internet atenta contra la factibilidad de su uso.

Hoy, podemos asegurarlo, no existe la llamada sociedad de la información. Contamos con los medios y la infraestructura para erigirla, pero nos falta la capacidad intelectual. Queda demostrado. La cadena del desarrollo tecnológico siempre se quiebra por su eslabón humano. No estamos ni más ni mejor informados, pero nos encanta la idea de poder asegurarlo. En realidad, somos la sociedad de la pretensión, de la petulancia. El hombre es hoy menos sincero que un pitecántropo y más engreído que la idea de dios.


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