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Si la política fuera poesía
10 minutos - 5 de junio de 2012

Historia y poesía
Rubén Martínez Villena
Activo en palabras y hechos

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No se me malinterprete, solicito con modesto interés. Hoy, cuando los aspirantes a la presidencia nacional de México se hacen trizas, unos a otros, no pretendo que se pongan a rimar sus propuestas. Aunque no puede usted negar que sería gracioso ver a Enrique Peña Nieto intentar componer un soneto cuando mal articula una simple oración con sujeto y predicado.

En términos generales, la política y la literatura no se llevan bien, mas en no pocas ocasiones se necesitan, se tienden la mano espinosa, una saca partido de la otra, ora se agravian, ora se besan, ora se traicionan para, luego, volverse a besar. Los escritores encuentran en la política un excelente pasto cada vez que precisan engordar sus historias y los políticos, los más sabios y, por tanto, los más peligrosos, buscan frecuentemente apoyo en los intelectuales. ¿No gustaba Fidel Castro de aparecer en público con Gabriel García Márquez o José Saramago?

Lo malo de este escenario es que bien si los escritores critican a diestra y siniestra, rara vez, aportan verdaderas soluciones, la mayoría piensa que su trabajo termina justo allí, donde realmente debería comenzar. Por supuesto, no todos fueron así. Recordemos a José Vasconcelos o a Rubén Martínez Villena, ni qué decir de José Martí que murió en plena campiña, revólver en mano. Los tres son ejemplos latinoamericanos de intelectuales comprometidos con una causa política más allá de sus escritos. Sin embargo, nos guste o no, debemos aceptar que los poetas de armas tomar (literalmente) son una abrumadora minoría si los comparamos con la inmensa cantidad de jóvenes que exhiben gozosos sus nombres en la portada de un libro.

Hoy, cuando los tiempos exigen más cerebro y menos balas, la estrategia impone jugadas democráticas. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, quiso cambiar los horizontes al sur de nuestra América y se batió por la presidencia de Perú. No ganó, mas tampoco puede decirse que le fue del todo mal. Salió derrotado políticamente, según sus propias palabras, por decir siempre la verdad. Qué lástima para otros que aun chapoteando en la mentira también terminan por fracasar. Aun así, el autor de La ciudad y los perros acrecentó con trabajo de campo (podríamos decir) su extenso acervo intelectual y también agregó otro título a su ya extensa lista bibliográfica.

Claro que de los políticos se espera menos. Nunca critican su trabajo sino el de otros. ¿Qué pensar de arriesgar soluciones? Para ellos es camino trillado por otra decena de corruptos que señalan dónde pisar. La política representa un oficio como otro cualquiera, sólo que a cambio de un salario, se vende un país completo. Los compradores pueden ser varios, desde empresas foráneas hasta funcionarios nacionales.

¡Ah!, cuánto podrían cambiar las cosas si se agrega cierta dosis de espiritualidad a este concierto de perros multicolores gruñendo. Entonces las mujeres encontrarían la belleza en las palabras de los aspirantes y no en su físico. Dejarían a un lado las estadísticas y nos seducirían con un poco de amor. Canjearían las citas de tiranos para remembrar a filósofos y artistas. Pero la poesía no vende, la política sí... vende desde el suelo que pisamos hasta los sueños que otros, por nosotros, conquistaron.


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