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No estamos a salvo
10 minutos - 28 de julio de 2011

Anders Behring Breivik
¿Orate, fundamentalista o asesino?
Anders Behring es reflejo de nuestro mundo

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Si algo me gusta de Suecia, Holanda, Noruega, Suiza, Finlandia y otros países nórdicos, es que usualmente no aparecen en las noticias. Es esa, no lo duden, la mejor señal para demostrar que todo marcha bien en aquellos templados paisajes. Por eso, no puede menos que estremecerme acontecimientos tan lamentables como los ocurridos en Oslo, capital noruega, donde una bomba estalló en franco acto terrorista, dejando un saldo de siete muertos, o en la isla de Utoeya, a sólo cuarenta kilómetros de esa misma ciudad, y que sirvió de triste escenario para que un hombre (fundamentalista cristiano según lo describen ahora) asesinara a mansalva alrededor de noventa personas, la mayoría adolescentes.

Digámoslo claro, si la matanza perpetrada por Anders Behring Breivik hubiera ocurrido en México, la primicia jamás habría levantado tanto los ánimos a escala internacional. Nos guste o no, alguien hubiera relacionado el suceso con algún cártel del narcotráfico y transcurridos un par de días la señorita Laura o la selección nacional de futbol habrían desplazado la noticia del primer lugar. Para entonces, las víctimas apenas serían recordadas a propósito de algún aniversario. ¿O no sucede así con los niños fallecidos en la guardería ABC o los mineros cuyos cuerpos ni siquiera fueron rescatados de Pasta de Conchos?

En México, la persistencia de la muerte, termina por demeritarla. El corrimiento geográfico con los asesinatos de Noruega demuestra, en cambio, que nadie está a salvo. Hoy, ni siquiera la religión, último refugio de fe para millones de seres humanos, representa una salvación verdadera. ¿Cómo serla cuando el principal motivo que llevó a Anders Behring a cometer la masacre fue su odio contra el islam? El temor de que en Europa, las doctrinas de La Biblia ceda ante los empujes de El Corán sirvió para que más de un centenar de inocentes (entre la bomba y los disparos) perdieran la vida.

Ya no se trata únicamente de los males acostumbrados (narcotráfico, trata de personas, venta de armas, secuestros, terrorismo). Ahora, por si no bastara, la idea de revivir viejas cruzadas se suma a la lista de motivos que un fanático (o grupo de extremistas) puede tener en cuenta para cercenarnos la existencia.

En Noruega, las banderas están a media asta. Así deberían estar a diario las de México. Pero, ¿qué importa? Más temprano que tarde, el símbolo patrio volverá a su altura acostumbrada y los sobrevivientes de la comunidad internacional se relamerán con la certeza de que la muerte no les tocó a ellos sino a esos seres anónimos que sirven para justificar las cifras en los periódicos. No entienden, o mejor dicho, autoridades y gobiernos no nos dejan entender, que también nosotros somos esos seres anónimos para quienes nos rodean y la señora de la guadaña, ávida por estos días, bien nos puede tener contemplados en su agenda. A fin de cuentas, para servir de causa o mano homicida, cualquiera se presta.


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