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Rupert Murdoch en solitario
10 minutos - 14 de julio de 2011

Rupert Murdoch
El rostro tras el agravio
Todo un imperio sacudido por el escándalo

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Es lo más raro que se puede escuchar. El magnate de las comunicaciones, Rupert Murdoch, se ha quedado completamente solo. Hoy su imperio mediático es centro de las denuncias de escuchas telefónicas ilegales que sacude al Reino Unido y por tal motivo tanto empresarios como políticos que usualmente comían de su mano, han preferido echar tierra de por medio y mantenerse a prudente distancia.

No olvidemos quién es este singular personaje. Oriundo de Australia, desde muy temprana edad Murdoch decidió abrirse camino en el mundo periodístico adquiriendo el Birmingham Gazette, siguiendo los pasos de su padre. Cuando apenas había superado los veinte años asumió la presidencia del Holding News Limited, un grupo de empresas que contaba, entre otros, con el Adelaide News y el Sunday Mail.

No tarda en demostrar su habilidad para ampliar el negocio heredado y paulatinamente va adquiriendo cabeceras como el Sunday Times y New Ideas. En su expansión empresarial, Murdoch da un nuevo paso cuando llega al mercado norteamericano a principios de los setenta. Inmediatamente se establece en Nueva York, donde se hace con el New York Post, en 1976, y con una serie de revistas. Sin embargo, contrario a lo que hubieran decidido muchos otros, no se detiene en esta serie de notables y rápidos éxitos. En 1981 adquiere el Herald American y apenas dos años después el Chicago Sun Times. Por si no bastara, se adueña de la principal empresa del sector editorial norteamericano: la News American Publishing.

Ahora, curiosamente, su propio poder amenaza con hundirlo. Sin encontrar fondo para sus constantes ambiciones apostó por el espionaje, algo que recuerda mucho el sonado escándalo norteamericano Watergate, durante el mandato de Richard Nixon. Las actuales denuncias de escuchas telefónicas, pago a policías a cambio de información y obtención ilegal de datos personales por parte de periódicos de News Corporation, parece haber roto definitivamente la relación entre los políticos y el conglomerado de Murdoch.

La joya de la corona en este embrollo lo conforma la renuncia explícita por parte de Murdoch para comprar la plataforma televisiva BSkyB, un proyecto multimillonario que hubiese consolidado su monopolio mediático. El inesperado anuncio se produjo después de que el primer ministro, David Cameron, declarara en el parlamento su respaldo a una moción impulsada por la oposición laborista (y apoyada también por los liberal demócratas) para pedir al magnate que abandonara la operación.

Si bien es precipitado (inocente, además) hablar de una caída del imperio Murdoch, definitivamente el australo-estadounidense no vive sus mejores momentos. El conservadurismo británico puede jugarle una mala pasada con tal de no ver sucias sus propias manos, algo que en México, por citar el mejor ejemplo, con dinero por delante poco hubiese importado. Resta entonces seguir de cerca el proceso y, especialmente, el movimiento de los demás medios de comunicación que quedan a la expectativa de la salud del gigante para abalanzarse, como tiburones famélicos, sobre las migajas que aquel les deje.


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