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Edgar London
 
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PortadasLo confieso: escribo porque no puedo evitarlo.

Soy perfectamente capaz de poner en duda mis convicciones políticas, mis habilidades académicas o mi agnosticismo desmedido, pero no el reclamo que me llevará, tarde o temprano, a enfrentarme a una hoja en blanco.

Aprendí —entre años y caídas— que la verdadera literatura no se desperdicia en libros. Mejor se emplea en truculencias y amores que luego pudieran fenecer en volúmenes inciertos.

Antes soñaba con multiplicar títulos a mi nombre. Hoy, en cambio, me conformo con restarle urgencia a mis palabras.

De esta suerte soy consecuencia. Espero, de las letras, hacerme causa.

Cuando el creador se convierte en autor de compromiso inmediatamente renuncia al valor más apreciable: la honestidad de su obra

 

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¿Sabías que...?
 

Edgar, de niño, ya firmaba como London en homenaje a Jack London, por aquel entonces, su autor favorito; pero fue un amigo, el también escritor Amir Valle, quien años más tarde lo convenció de mantener este seudónimo cuando, al conocer sus verdaderos apellidos, le confesó: “Están horribles, hermano, mejor quédate con ese raro que usas”.

 
 
 

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